
García
Lorca, Federico (1898-1936), poeta y dramaturgo
español; es el escritor de esta nacionalidad más
famoso del siglo XX y uno de sus artistas
supremos. Su asesinato durante los primeros días
de la Guerra Civil española hizo de él una víctima
especialmente notable del franquismo, lo que
contribuyó a que se conociera su obra. Sin
embargo, sesenta años después del crimen, su
valoración y su prestigio universal permanecen
inalterados.
Nació en Fuente Vaqueros (Granada), en el seno
de una familia de posición económica desahogada.
Estudió bachillerato y música en su ciudad
natal y, entre 1919 y 1928, vivió en la
Residencia de Estudiantes, de Madrid, un centro
importante de intercambios culturales donde se
hizo amigo del pintor Salvador Dalí, del
cineasta Luis Buñuel y del también poeta Rafael
Alberti, entre otros, a quienes cautivó con sus
múltiples talentos. Viajó a Nueva York y Cuba
en 1929-30. Volvió a España y escribió obras
teatrales que le hicieron muy famoso. Fue
director del teatro universitario La Barraca,
conferenciante, compositor de canciones y tuvo
mucho éxito en Argentina y Uruguay, países a
los que viajó en 1933-34. Sus posiciones
antifascistas y su fama le convirtieron en una víctima
fatal de la Guerra Civil española, en Granada,
donde le fusilaron.
Obra poética
Sus primeros poemas quedaron recogidos en Libro
de poemas, de 1921, una antología que tiene
grandes logros. En 1922 organizó con el
compositor Manuel de Falla, el primer festival de
cante jondo (Véase Flamenco), y ese mismo año
escribió precisamente el Poema del cante jondo,
aunque no lo publicaría hasta 1931. El Primer
romancero gitano, de 1928, es un ejemplo genial
de poesía compuesta a partir de materiales
populares, y ofrece una Andalucía de carácter mítico
por medio de unas metáforas deslumbrantes y unos
símbolos como la luna, los colores, los caballos,
el agua, o los peces, destinados a transmitir
sensaciones donde el amor y la muerte destacan
con fuerza.
Tras los Poemas en prosa, escribió en Nueva York
un gran ciclo profético y metafísico en el que
el autor apuesta por los oprimidos, sin dejar de
sacar a relucir sus obsesiones íntimas. El ciclo
iba a constar de dos libros, Poeta en Nueva York,
escrito entre 1929 y 1930, pero que no se publicó
hasta 1940, y Tierra y Luna, del que algunos
poemas fueron incluidos en Diván del Tamarit,
concluido en 1934, aunque también se publicó póstumamente.
Calificados muchas veces de surrealistas, los
poemas de esa obra clave de García Lorca que es
Poeta en Nueva York, expresan el horror ante la
falta de raíces naturales, la ausencia de una
mitología unificadora o de un sueño colectivo
que den sentido a una sociedad impersonal,
violenta y desgarrada. Por su parte, los
incompletos Sonetos del amor oscuro, escritos
durante una temporada en Nueva Inglaterra (Estados
Unidos), expresan una desesperación más
personal y constituyen unas muestras admirables
de erotismo, que sólo recientemente han sido
dadas a conocer.
Otro importante poema de Lorca, dentro de la línea
del neopopulismo, es el Llanto por Ignacio Sánchez
Mejías, de 1935, una elegía compuesta al morir
ese torero intelectual, amigo de muchos de los
poetas de la generación de Lorca. Mientras que
los Seis poemas galegos, del mismo año,
consiguen trascender las referencias populares
evidentes.
Teatro
El teatro de Lorca es, junto al de Valle-Inclán,
el más importante escrito en castellano durante
el siglo XX. Se trata de un teatro de una gama
muy variada con símbolos o personajes fantásticos
como la muerte y la Luna, lírico, en ocasiones,
con un sentido profundo de las fuerzas de la
naturaleza y de la vida.
Entre sus farsas, escritas de 1921 a 1928,
destacan Tragicomedia de don Cristóbal y
Retablillo de don Cristóbal, piezas de guiñol,
y sobre todo La zapatera prodigiosa, una obra de
ambiente andaluz que enfrenta realidad e
imaginación. También pertenece a la categoría
de farsa Amor de don Perlimplín con Belisa en su
jardín. De 1930 y 1931 son los dramas
calificados como "irrepresentables", El
público y Así que pasen cinco años, obras
complejas con influencia del psicoanálisis, que
ponen en escena el mismo hecho teatral, la
revolución y la homosexualidad, a partir de un
complejo sistema de correspondencias.
Dos tragedias rurales son Bodas de sangre, de
1933, y Yerma, de 1934, donde se aúnan mitología,
mundos poéticos y realidad. En Doña Rosita la
soltera, de 1935, aborda el problema de la
solterona española, algo que también aparece en
La casa de Bernarda Alba, concluida en junio de
1936, y que la crítica suele considerar la obra
fundamental de Lorca. Al comienzo de su carrera
también había escrito dos dramas modernistas,
El maleficio de la mariposa (1920) y Mariana
Pineda (1927).
El mundo de García Lorca supone una capacidad
creativa, poder de síntesis y facultad natural
para captar, expresar y combinar la mayor suma de
resonancias poéticas, sin esfuerzo aparente, y
llegar a la perfección, no como resultado de una
técnica conseguida con esfuerzo, sino casi de
golpe. La variedad de formas y tonalidad resulta
deslumbrante, con el amor, presentado en un
sentido cósmico y pansexualista, la esterilidad,
la infancia y la muerte como motivos
fundamentales.
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HERIDO
DE AMOR
Amor, amor
Que está herido.
Herido de amor huido;
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!,
¡muerto de amor!

ROMANCERO GITANO (1924- 1927)
ROMANCE DE LA LUNA, LUNA
La luna vino a la fragua
Con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
-Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
habrían con tu corazón
collares y anillos blancos.
- Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el
yunque
con los ojillos cerrados.
-Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
-Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
el jinete se acercaba
tocando el tambor del
llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los
gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, como canta en el árbol!
por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
PRECIOSA Y EL AIRE
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y
canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros
duermen
guardando las blancas
torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse
glorietas de caracoles y
ramas de pino verde.
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira a la niña tocando
una dulce gaita ausente.
-Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.
Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerte.
El viento-hombrón la
persigue
con una espada caliente.
Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantas las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.
¡ Preciosa, corre,
preciosa, Preciosa,
que te coge el viento
verde!
¡Preciosa, corre,
Preciosa!
¡Míralo por donde viene!
Sántiro de estrellas
bajas
con sus lenguas
relucientes.
Preciosa, llena de miedo,
entre en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.
Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.
El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.
Y mientras cuenta,
llorando,
su aventura de aquella
gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.
REYERTA
En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
Una dura luz de naipe
recorta en el agrio verde
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres.
El toro de la reyerta
se sube por las paredes.
Angeles negros traían
pañuelos de agua y de
nieve.
Angeles con grandes alas
de navajas de Albacete.
Juan Antonio el de
Montilla
rueda muerto la pendiente,
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las
sienes.
Ahora monta cruz de fuego,
carretera de la muerte.
El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
-Señores guardias civiles:
aquí paso lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses.
La tarde loca de higueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los
muslos
heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire de poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.
ROMANCE SONÁMBULO
Verde que te quiero verde.
verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre el mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la
cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están
mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de
escarcha
vienen con el pez de
sombra
que abre e camino del alba.
La higiene frota su viento
con lija de sus ramas,
y el monte, el gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
Pero ¿quién vendrá? ¿Y
por donde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
-Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
-Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo.
ni mi casa es ya mi casa.
-Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de
holanda.
¿No ves la herida que
tengo
desde el pecho a la
garganta
-Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
-Dejadme
subir al menos
hasta las altas barandas;
¡dejadme subir!, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de
sangre.
Dejando un rastro de
lagrimas.
Temblando en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento verde ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca de un raro
gusto
de hiel, y de menta y de
albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está,
dime,
dónde está tu niña
amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¿Cuántas veces te
esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con los ojos de fría
plata.
Un carámbalo de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles,
borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento, verdes ramas.
El barco sobre el mar.
Y el caballo en la montaña.
LA MONJA GITANA
Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas
finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo
lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con
qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué
magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué
lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y, al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura
empinada
con veinte soles
arriba!
¡Qué ríos puestos de
pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la
brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.
LA CASADA INFIEL
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los
grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus
cepas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quite la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapan
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montando en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por
hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la levé al río.
Con el aire se batían
las espaldas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costutero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
ROMANCE DE LA PENA NEGRA
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus
pechos,
gimen canciones redondas.
-Soledad, ¿Por quien
preguntas
sin compañía y a estas
horas?
-Pregunte por quien
pregunte,
dime: ¿a ti quése te
importa?
Vengo a buscar lo que
busco,
mi alegría y mi persona.
-Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
-No me recuerdes el mar
que la pena negra brota
en las tierras de la
aceituna
bajo el rumor de las hojas.
-¡Soledad, qué pena
tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
-¡Qué pena tan grande!
Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el
suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy
poniendo
de azabache carne y roja.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de
amapola!
-Soledad, lava tu cuerpo
con agua de alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.
Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!
PRENDIMIENTO DE ANTOÑITO
EL CAMBORIO EN EL CAMINO DE SEVILLA
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los
toros.
Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.
A la mitad del camino
cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.
Y a la mitad del camino,
bajo las ramas de un olmo,
guardia civil caminera
lo llevo codo con codo.
El día se va despacio,
la tarde colgada a un
hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.
Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa,
ecuestre,
salta los montes de plomo.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.
-Antonio, ¿quién eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco
chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.
¡Se acabaron los gitanos
que iban por el monte
solos!
Están los viejos
cuchillos
tiritando bajo el polvo.
A las nueve de la noche
lo llevan al calabozo,
mientras los guardias
civiles
beben limonada todos.
Y a las nueve de la noche
le cierran el calabozo,
mientras el cielo reluce
como la grupa del potro.
MUERTE DE ANTOÑITO EL
CAMBORIO
Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas
clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Gualdalquivir.
-Antonio Torres Heredia.
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la
vida
cerca del Guadalquivir?
-Mis cuatro primos
Heredias
Hijos de Benameji.
Lo que en otros no
envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
-¡Ay, Antoñito el
Camborio,
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
-¡Ay, Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.
Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
Voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.
MUERTO DE AMOR
-¿Qué es aquello que
reluce
por los altos corredores?
-Cierra la puerta, hijo mío;
acaban de dar las once.
-En mis ojos, sin querer,
relumbran cuatro faroles.
-Será que la gente
aquella
estará fregando el cobre.
Ajo de agónica plata
la luna menguante pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.
La noche llama temblando
al cristal de los balcones,
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.
Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces
resonaban por el arco
roto de la medianoche
Bueyes y rosas dormían.
Sólo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el furor de Sanjorge.
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de
hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
Viejas mujeres del río
lloraban al pie del monte
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.
Fachadas de cal ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones.
-Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.
Siete gritos, siete
sangres,
siete adormideras dobles
quedaron opacas lunas
en los oscuros salones.
Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba no sé dónde.
Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las
luces
en los altos corredores.
ROMANCE DE LA GUARDIA
CIVIL ESPAÑOLA
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en
conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.
Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
un caballo mal herido
llamaba a todas las
puertas.
Gallos de vidrios cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche,
noche que noche nochera.
La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de
almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de
Persia.
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te
recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus
crenchas.
Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuelas.
La ciudad, libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entraron a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las
botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortaron las
brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con caballos dormidos
y las orzas de moneda.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de
heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imagen se quema.
Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos
cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus
trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.
¡Oh, ciudad de los
gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te
cercan.
¡Oh, ciudad de los
gitanos!
¿Quién te vio y no te
recuerda?
Que te busquen en mi
frente.
Juego de luna y arena.

POEMA DE LA SOLEA
TIERRA SECA
Tierra seca,
tierra quieta
de noches
inmensas.
(Viento en el olivar,
viento en la sierra.)
Tierra
vieja
del candil
y la pena.
Tierra |